El primer aviso de un problema de oído rara vez llega como un drama: suele oler. Al levantar la oreja durante el aseo puede subir un olor agrio, distinto al olor normal del pelaje, y con buena luz quizá veas enrojecimiento en la cara interna, cera oscura donde el mes pasado había poca o una secreción de cualquier color. Los perros de orejas caídas, como los spaniel, merecen la mirada más atenta, porque la oreja cubre la entrada y guarda calor y humedad contra la piel.
Lo que el aseo no debe intentar resolver
Encontrar señales es el límite del papel del aseo. No pongas gotas, limpiadores ni remedios caseros en una oreja enrojecida, dolorida o con mal olor, porque algunos productos complican la exploración del veterinario y otros pueden ser inseguros si el tímpano está dañado. Tampoco arranques pelo ni explores a fondo el canal, que tiene forma de L y es delicado, ni laves una y otra vez una oreja que duele esperando que el olor mejore. Lo tuyo es anotar lo que viste, mantener la oreja seca y terminar el resto del aseo con suavidad. Si el aseo lo hace una persona profesional, pídele que te cuente con exactitud lo que observó a mitad de la sesión, porque ese aviso temprano ha adelantado muchos tratamientos.
Comparar las dos orejas al manipularlas
Manipula cada oreja de la misma manera y compara un lado con el otro. Hay perros que se apoyan contra tu mano cuando les tocas una oreja y, en cambio, se encogen, se apartan o sacuden la cabeza al llegar a la otra, y ese contraste te está señalando dónde está el problema. Pasa los dedos por la cara interna buscando piel más gruesa, áspera o caliente, costras en el borde por el rascado y pelo apelmazado con secreción alrededor de la abertura, y observa también la respuesta completa al secarlo después del baño: sacudidas repetidas, rascado de una oreja, la cabeza inclinada o frotada contra el suelo al terminar la sesión pertenecen al mismo grupo de señales que el enrojecimiento y la cera.
Cuándo pedir la cita
Pide cita sin demora cuando las señales al manipular la oreja vengan acompañadas de enrojecimiento, secreción u olor, y pide cita el mismo día si la oreja está hinchada, si aparece una inclinación repentina de la cabeza, pérdida del equilibrio, dolor evidente o la sospecha de una espiga tras un paseo entre hierba alta. Cuenta al veterinario de qué oreja se trata, qué viste y qué oliste, cuándo fue la última vez que tu perro se dejó tocarla con comodidad y si justo antes hubo baños o natación. En los perros que repiten, el patrón entre sesiones cuenta su propia historia: una oreja que se irrita cada primavera no dice lo mismo que un primer episodio después de un solo baño. Con KinsLe, el Pet Passport convierte esas notas de cada sesión en una carpeta que acompaña a tu perro y que la clínica puede leer de principio a fin.