La cojera se nota al volver a casa: tu perro acorta el paso, carga menos una pata, pero la apoya. Esa combinación suele tener una explicación menor —una torcedura pequeña, una almohadilla golpeada o un mal apoyo al bajar de un salto— y muchos casos mejoran de forma clara con un día de reposo bien hecho. Apoyar la pata tranquiliza, pero no firma ningún alta: el plazo y la evolución son los que mandan.
Revisar la pata sin convertirlo en una lucha
Con tu perro tranquilo, pasa las manos por las dos patas del mismo par, delanteras o traseras, y compáralas buscando una zona más caliente, hinchada o sensible en un punto concreto. Revisa después entre los dedos y las almohadillas: espinas, cortes pequeños, almohadillas partidas, una uña rota o algo atorado en el pelo explican muchas cojeras, y una rebaba entre las almohadillas puede provocar una cojera dramática que desaparece en cuanto se retira. Hazlo caminar unos pasos sobre una superficie plana y antideslizante y quédate con dos datos: qué pata es y si cojea más tras el descanso o tras la actividad.
Intenta reconstruir el detonante mientras lo tienes fresco: una carrera en el parque, un resbalón en la madera, un salto desde el sofá o un choque con otro perro. Esa línea de tiempo le sirve a tu veterinario mucho más que una descripción vaga en la sala de examen, así que escríbela en cuanto puedas.
Plazos cortos y señales que adelantan la visita
La espera razonable tiene fecha de caducidad: de veinticuatro a cuarenta y ocho horas. Si la cojera pasa de ahí, si empeora en vez de mejorar o si vuelve una y otra vez tras la actividad, pide examen sin seguir probando suerte. Adelanta la visita al mismo día si aparece hinchazón, si una articulación se ve fuera de lugar, si gime al tocarle la pata, si pierde el apetito, si está decaído y con calor corporal o si deja de apoyar la pata por completo.
Con cachorros, acorta todavía más los plazos: hay huesos y articulaciones en crecimiento de por medio, y los cachorros de raza grande pueden desarrollar problemas ligados al crecimiento que ganan mucho con una valoración temprana. Solo un examen en persona, a veces con imágenes, separa una torcedura de algo más serio, así que no dejes que un perro duro, de los que no se quejan nunca, te convenza de que no pasa nada.
El reposo que funciona no es reposo a medias
Durante al menos veinticuatro horas, reposo significa paseos cortos y lentos con correa, solo para hacer sus necesidades: nada de correr, ni pelota, ni parque para perros. Significa también evitar escaleras y saltos para subir o bajar de los muebles, cargando en brazos a los perros pequeños, y preferir alfombras o tapetes frente a pisos resbalosos. Revisa la pata con suavidad una o dos veces al día por si aparece hinchazón o una sensibilidad nueva.
Y una regla sin excepciones: nunca le des analgésicos humanos como ibuprofeno o acetaminofén, porque varios son peligrosos e incluso tóxicos para los perros; si su dolor te tienta a abrir el botiquín, ese impulso ya es en sí mismo una señal de que debe ser revisado. Guarda la evolución día a día —qué pata favorecía, cómo cambió tras el reposo y qué encontró el veterinario— en el Pet Passport de KinsLe, junto a sus vacunas, medicamentos, alergias y documentos.