Tres problemas pegajosos llegan al pelaje tras los paseos por calles, aceras y zonas arboladas, y cada uno se comporta distinto al enfriarse sobre el pelo. El alquitrán endurece, el chicle conserva su elasticidad y la resina se mantiene adherente. El método seguro para los tres descansa sobre aceite, tiempo y dedos, con dos exclusiones firmes: ningún solvente cerca de un perro y ninguna hoja de tijera cerca de una piel que se mueve y se pliega.
Chicle y resina: uno se enfría, el otro solo pide aceite
El chicle se suelta cuando cambia su textura. Enfría el pelo engomado con un cubo de hielo sostenido en un paño o con una compresa fría hasta que el chicle se endurezca y se vuelva quebradizo, y retira luego los pedazos endurecidos con los dedos, trabajando desde los bordes. Si el frío falla o el perro rechaza esa sensación, el aceite también lo afloja: masajea aceite alrededor y debajo del chicle hasta que la masa se deslice por el pelo y se despegue.
La resina de árbol responde al aceite por sí solo. Frota aceite en la zona adherente, déjalo reposar y separa el pelo hebra por hebra, añadiendo aceite a medida que la resina recupera agarre. Una línea sobre las rebabas, porque los paseos que traen alquitrán y chicle también pueden traerlas: saca a mano y de una en una las que encuentres, y vuelve después al trabajo pegajoso.
Alquitrán: aflojar la unión y liberar pocas hebras por vez
El alquitrán se diferencia de la resina en algo que cambia todo el trabajo. Recién llegado se unta, y luego se enfría hasta formar una costra dura que encierra muchos pelos en una sola mancha sólida; tirar de esa mancha transmite la fuerza directa a la piel. Ablanda la unión en su lugar. Trabaja aceite de grado alimentario, como el de oliva o el de coco, en los bordes de la mancha con las yemas de los dedos, espera varios minutos y comprueba si las hebras más externas se sueltan.
Aparta las hebras liberadas en pequeños grupos y déjalas separadas de la mancha para que no vuelvan a pegarse. Reaplica aceite sobre el borde recién expuesto y repite el ciclo, reduciendo la mancha por capas. El calor de tus manos ayuda a que el aceite trabaje; la prisa hace lo contrario, porque arranca pelo y asusta al perro. Una mancha del tamaño de una moneda pequeña puede llevar varias rondas, y ese ritmo es el correcto, no una lentitud a corregir.
Lava después cada zona tratada con champú para perros, enjuaga hasta que el agua salga limpia y seca por completo, porque el aceite dejado en el pelaje recoge suciedad y se apelmaza con rapidez.
Las dos exclusiones y el umbral del peluquero
Nunca recurras a los solventes. El diluyente de pintura, la trementina, el aguarrás, la gasolina y productos parecidos no deben tocar jamás el pelaje ni la piel de un perro, porque irritan y queman la piel, y el perro lamerá la zona tratada. Nombrarlos aquí sirve a un único fin: mantenerlos por completo fuera del proceso. El quitaesmalte y los geles de alcohol fuerte pertenecen a la misma lista de excluidos por las mismas razones.
Tampoco cortes nunca una mancha pegajosa con tijeras cerca de la piel. El pelaje se pliega, la piel se levanta cuando el pelo se alza y un perro tranquilo puede sobresaltarse en el segundo equivocado. Deriva en cambio los casos grandes: una mancha amplia de alquitrán, alquitrán metido a fondo por la panza o las patas, o cualquier mancha donde la piel ya se vea dolorida corresponde a un peluquero profesional, y la piel dolorida, roja o abierta corresponde al veterinario. En KinsLe, Care Teams deja registrado que tu padre revisó el pelaje y lavó la zona tratada tras el paseo por la calle, anotando la hora de esa revisión.