Pequeño por fuera, agenda completa por dentro
El Russell Terrier cabe en un brazo, pero su revisión anual no es una versión reducida de la de un perro grande. Tres zonas concentran la atención. Primero, las rótulas: el veterinario manipula cada pata trasera buscando una rótula que se sale de su surco, una vulnerabilidad conocida en los terrier que va desde un hallazgo para anotar hasta algo que necesita un plan. Segundo, los ojos: esta raza figura entre las que pueden presentar problemas hereditarios del cristalino, así que el examen ocular es cuidadoso y puede recomendarse un control periódico con un especialista, sobre todo en perros de cría. Tercero, los dientes: una mandíbula pequeña con la dentadura completa se aprieta y acumula sarro, y la enfermedad dental es el hallazgo más común en perros pequeños de mediana edad. A eso se suman corazón y pulmones, oídos revisados tras una vida investigando agujeros y maleza, piel en busca de los bultos que coleccionan los terrier y un peso honesto: un Russell debe ser puro nervio y músculo, nunca redondeado.
El ritmo según la etapa: cachorro, adulto, mayor
De cachorro, las visitas llegan espaciadas por pocas semanas: serie de vacunas, desparasitación y controles de crecimiento, y además la oportunidad de palpar articulaciones en formación y mirar unos ojos que empiezan a desarrollarse. El adulto sano sostiene después la línea anual durante buena parte de su vida, algo que esta raza robusta y longeva suele permitir. En los años mayores, dos visitas al año pasan a ser lo sensato, porque los asuntos de la edad en un terrier pequeño —enfermedad dental, cambios cardíacos, cambios en el cristalino, desgaste renal— se manejan mejor con un intervalo de seis meses que con uno de doce. Un Russell en trabajo o deporte intenso también puede merecer un repaso rápido a mitad de año tras un golpe o un tirón.
Lo que solo se ve siguiéndolo en movimiento
Un Russell no va a anunciar sus síntomas, así que integra las comprobaciones en el juego y el aseo de siempre. Observa el tren trasero en marcha: el signo clásico de la rótula que se sale es un saltito brusco o unos pasos a tres patas, y enseguida correr normal como si nada hubiera pasado; cuenta cuántas veces lo ves, porque la frecuencia es justo lo que el veterinario te preguntará. Con buena luz, mira si hay opacidad en los ojos o un cambio en la respuesta de la pupila, y anota cualquier tropiezo nuevo al anochecer. Levanta el labio cada semana para detectar encías rojas, un diente roto o un aliento que se ha vuelto desagradable antes de que sea un problema mayor. Pésalo de vez en cuando: en un cuerpo así de pequeño, medio kilo de más ya es un porcentaje importante, y lo útil es la línea de tendencia.
Motivos para no esperar a la cita anual
Pide cita pronto si el salto o la cojera empieza a aparecer a diario, si sostiene una pata trasera en alto en vez de solo saltar sobre ella o si gime cuando le tocan la rodilla. Un ojo que se vuelve opaco, rojo o doloroso, o un perro que de pronto calcula mal saltos que ha hecho mil veces, debe verse en días, no en meses. Un diente roto o colgante, babeo de un solo lado o comida que se le cae piden una revisión dental. Y los episodios parecidos a convulsiones, un desvanecimiento tras el esfuerzo, tos persistente en un Russell mayor, beber y orinar claramente más o un terrier que, contra su carácter, se apaga y salta comidas merecen una llamada el mismo día en que los notas. Los perros pequeños compensan de forma impresionante hasta que, de pronto, ya no pueden.
Los registros de un Russell se desperdigan entre visitas de cachorro, controles de ojos y notas dentales, y el Pet Passport de KinsLe los junta en un paquete portátil que cualquier veterinario lee de un vistazo.