Los premios deben representar como máximo cerca del 10 por ciento de las calorías diarias de tu perro. El 90 por ciento restante necesita venir de una dieta completa y balanceada, porque la comida principal es la que carga la proteína, las vitaminas y los minerales en las proporciones correctas. Un premio es nutricionalmente desequilibrado por diseño, sabroso pero no balanceado. Cuando supera cerca de una décima parte del día, empieza a diluir la dieta y a sumar calorías innecesarias.
El cuerpo de tu perro audita la cuenta cada mes
Juzga el sistema una vez al mes por la condición corporal y no por la intención. Las costillas deben sentirse fácil bajo una capa delgada de grasa y la cintura debe verse desde arriba. Si la cintura está desapareciendo, los premios son el primer lugar donde auditar, antes de tocar la comida principal que sí sostiene la nutrición. Ese chequeo atrapa el deslizamiento lento que ningún día suelto revela.
Entrenar mucho sin romper el presupuesto
Los días de entrenamiento son donde la regla suele romperse, porque una buena sesión puede incluir docenas de recompensas seguidas. La solución es el tamaño y no la escasez: parte los premios blandos en trozos del tamaño de un chícharo, porque tu perro trabaja por el hecho de ser recompensado y no por el volumen de cada entrega. Guarda en tu bolsa una porción del alimento normal del día para las repeticiones fáciles y reserva los trozos de alto valor para el llamado y para las distracciones de verdad difíciles. Cuenta esos trozos de alimento como parte de las comidas principales y reduce un poco el tazón en los días de entrenamiento fuerte, de modo que el día completo siga balanceado al cerrar la noche.
Convertir el porcentaje en números de tu casa
La regla solo sirve cuando la conviertes en calorías para tu propio perro. Revisa el contenido calórico de su alimento, calcula cuántas calorías come al día manteniendo un peso saludable y toma una décima parte de esa cifra. Un perro miniatura que se mantiene con unas 300 calorías diarias tiene cerca de 30 calorías de premio, a menudo solo dos o tres premios comerciales pequeños o un puñado modesto de trocitos de entrenamiento. Un mediano que come 600 calorías recibe unas 60 y un grande y activo que come 1.200 recibe unas 120, cifra que suena generosa hasta que una sola galleta grande o un trozo de queso de la mesa consume casi todo ese margen. Todo lo que queda fuera del tazón cuenta en esa suma: recompensas de entrenamiento, la orilla compartida en el almuerzo, la comida usada para esconder una pastilla y los restos que caen de manos pequeñas durante la comida familiar.
Cachorros, mayores y estómagos con reglas propias
Un cachorro necesita ese 90 por ciento más que un adulto, porque está construyendo hueso y músculo con un estómago pequeño, y los premios ricos o frecuentes pueden desplazar la nutrición de crecimiento y aflojar las heces, así que mantenlos mínimos, poco frecuentes y simples. Un perro mayor corre el riesgo contrario, porque su metabolismo más lento convierte el hábito de premios de ayer en el aumento de peso de hoy en silencio, y conviene recalcular el presupuesto cada vez que baje su actividad. Un perro con pancreatitis, alergias alimentarias, enfermedad renal o diabetes puede necesitar premios muy por debajo del 10 por ciento o limitados a tipos específicos, y esa decisión pertenece a tu veterinario y no a una regla general. En un plan de pérdida de peso, pide a tu veterinario que fije el presupuesto de premios como parte del propio plan, porque muchas familias avanzan mejor usando trozos medidos de la ración del perro o verduras bajas en calorías aprobadas por su veterinario, y dejando los premios ricos para ocasiones raras. En el plan de Care Teams de KinsLe, tu padre aparece nombrado para cada tarea de entrenamiento y de dar premios del día, con su hora registrada al marcarla, para que el límite del 10 por ciento sea un número visible y compartido en casa.