Muchos boston terriers terminan jugando a diario con el gato de la casa y durmiendo pegados a él, pero esa amistad funciona con fronteras: comida aparte y un refugio que el perro respeta. La base es favorable porque es una raza creada para acompañar, con poco impulso de perseguir animales pequeños por puro instinto y un tamaño parecido al de un gato grande, así que ninguno de los dos impone físicamente sobre el otro.
Primero el olor: días de olfato y una barrera
Empieza sin que se vean: durante unos días, intercambia los olores para que el gato asocie el olor de este perro concreto con comer y descansar. Después llega el encuentro a través de una barrera, con el boston sujeto con correa y sin prisas por acortar distancias. Esta raza suele anunciar pronto sus buenas intenciones con el cuerpo suelto, inclinaciones de juego y vueltas sobre el lomo. Premia cada vez que tu perro prefiera un juguete o mirarte a ti antes que fijarse en el gato, y deja que sea el gato quien decida acercarse; un gato seguro suele asomarse a la barrera en pocas sesiones.
Cara a cara: el riesgo está en los ojos y en el hocico corto
El boston juega rebotando, girando, tocando con las patas y forcejeando siempre de frente, un estilo que a un gato reservado o mayor puede abrumarlo. Si el gato se siente acorralado, lanzará un zarpazo justo a la altura de los ojos grandes y prominentes del boston, y un ojo arañado duele mucho y necesita atención veterinaria el mismo día. A eso se suma la respiración: el hocico corto hace menos eficiente el aire, de modo que un perro excitado que persigue y forcejea resopla, se sobrecalienta y se cansa antes que el gato, sobre todo cuando hace calor.
Comida, arenero y refugios: tres zonas con regla propia
- Comida: sirve a cada uno por su lado y sube la del gato a una superficie inalcanzable para el perro, porque un boston que jamás molestaría al gato puede comerse su cena en segundos; también sirve una habitación a la que el perro no entre.
- Arenero: mantenlo libre de perros, tras una barrera o una correa de puerta que el gato pueda cruzar y el perro no.
- Refugios: garantiza al gato lugares altos permanentes y al menos una habitación sin perro, para que siempre tenga dónde retirarse.
La pausa de cada medio minuto
Al principio interrumpe el forcejeo cada medio minuto aproximadamente, aunque vaya bien. Termínalo por ese día si alguno de los dos deja de tomarse descansos por sí solo, si el gato aplana las orejas y agita la cola, o si el juego del perro se vuelve de agarres alrededor del cuello y las patas del gato. Ya en la misma habitación, deja al perro una correa ligera dentro de casa y alterna un poco de juego con una pausa en la que lo llamas, lo premias y dejas bajar la excitación antes de reanudar solo si el gato sigue eligiendo quedarse: así aprende que detenerse forma parte del juego.
Sesiones cortas y frescas, y ayuda si no se despega
Durante las primeras semanas juega en sesiones cortas y en una habitación fresca, y cierra cada una mientras ambos todavía disfrutan, no cuando el perro jadea fuerte y está demasiado excitado para escucharte. Vigila muy de cerca a un cachorro boston, porque sus rebotes son incansables y un gato mayor nunca debería quedarse solo corrigiendo a un cachorro. Si tras unas semanas de trabajo gradual tu boston sigue sin poder despegarse del gato, le ladra tras la barrera o agarra durante el juego pese a las pausas, baja el ritmo y pide ayuda a una persona profesional cualificada en conducta. En Care Teams de KinsLe, el adulto de la casa responsable del juego vigila los forcejeos breves, sube la comida del gato a su punto alto y cierra cada sesión en un cuarto fresco, y cada tarea completada queda anotada con la hora registrada.