Antes de soltar la correa, tu perro necesita no una llamada, sino dos. La primera es la de todos los días, respondida a la primera incluso en mitad de un juego o de un olfateo fascinante. La segunda es una señal de emergencia distinta, entrenada por separado y pagada siempre con premios fuera de lo común. Ambas se practican en entornos cada vez más exigentes, premiando con generosidad cada regreso voluntario; una llamada que funciona «al final, tras insistir varias veces» no es una llamada para andar suelto.
La llamada de emergencia: una señal sagrada y carísima
Elige una palabra distinta que tu perro no oiga para ninguna otra cosa —una palabra especial o un silbido concreto que no uses en conversación—. Entrénala en el escenario más fácil: la dices y aparece un premio mayor, una lluvia de la mejor comida, sardinas o pollo asado, lo que le abra los ojos de par en par, durante veinte o treinta segundos completos de festín. Repite unas pocas veces al día durante varios días y luego pruébala en sitios un poco más difíciles, pagando siempre el premio mayor.
Las reglas que mantienen su poder son claras. Úsala solo ante una necesidad real o en repasos muy raros, nunca para llamadas rutinarias. Págala siempre de forma extravagante aunque tu perro haya tardado; la señal jamás debe anunciar una decepción. No la diluyas probándola cada semana en el parque: un puñado de repeticiones perfectas construye un hábito para toda la vida. Y asegúrate de que toda persona que pasee a tu perro conozca la palabra y la norma de que significa premio instantáneo y enorme. Bien cuidada, es la señal capaz de sacar a un perro de un rastro al borde de una calle.
La llamada diaria: a la primera, en cada contexto
Tu señal habitual —su nombre seguido de la orden de venir, o un patrón de silbido— debería provocar un giro inmediato y un regreso rápido en el jardín, en un campo cercado, durante el juego con perros conocidos y pasando junto a olores interesantes. Constrúyela como una escalera: domina cada peldaño antes de añadir dificultad y nunca cierres una sesión llamando una y otra vez mientras tu perro te ignora; si ocurre, el entorno era demasiado difícil, así que ve a recogerlo con calma y entrena un nivel más fácil la próxima vez.
Dos hábitos protegen el valor de la señal. Nunca llames a tu perro para terminar algo maravilloso sin añadir algo maravilloso a cambio —pon la correa y luego juega o dale de comer— para que venir hacia ti no anticipe el fin de la diversión. Y nunca llames a un perro que sabes que no vendrá para enfadarte cuando por fin llegue: una llamada seguida de regaño enseña a quedarse lejos.
Poner a prueba sin quemar las señales
Prueba ambas llamadas poco a poco frente a las distracciones que tu vida real contiene: la playa, el sendero del bosque, el campo donde viven los conejos. Mantén una correa larga en las fases de prueba y registra los fallos como información: si la llamada en mitad del juego se derrumba, el juego es tu siguiente nivel, practicado con el perro de un amigo en condiciones controladas.
Algunos perros, por instinto de raza, juventud o historia, tardan un año o más en ganarse la libertad en espacios abiertos, y unos pocos están más seguros con correa larga de por vida en zonas sin cercar. Esa honestidad protege a tu perro mucho mejor que el optimismo.
La red que trabaja mientras la llamada madura
Hasta que la llamada sea de verdad sólida, mantén la identificación y un plan de respaldo trabajando tan duro como tu entrenamiento. El perfil de tu perro incluye además su código QR único, que da a quien lo encuentre una vía rápida para llegar hasta ti: uno te da control; la otra, una segunda oportunidad. Si tu perro se suelta durante una práctica y no aparece, KinsLe pone a trabajar por ti Lost Pet Alert System, con su aviso en el mapa y mensaje directo de quien lo encuentre.